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El asedio de Cádiz | Guillermo Olmo

Un Cádiz asediado alumbra la Nación española

Si la nación española nació en la Constitución de Cádiz de 1812, lo cierto es que fue este un parto de lo más ajetreado. «La Pepa» vino al mundo en un Cádiz asediado por las fuerzas francesas, entre bombazos y excitación general en una urbe que se sabía el último refugio de una incipiente España libre.

VISTA DE CÁDIZ DESDE LA BAHÍA, 1820 (FOTO: FUNDACIÓN FEDERICO JOLY HÖHR)
GUILLERMO OLMO
Los historiadores Miguel Artola y Manuel Pérez Ledesma escribieron que la invasión francesa fue «fue la ocasión para que el pueblo español desarrollara su propio proceso revolucionario». El epicentro de ese proceso serían las cortes, reunidas en Cádiz. Dos centenares de diputados llegados de las Juntas Provinciales constituidas en toda España debatían y redactaban la que sería la primera Constitución de la historia de España. Lo hacían en una ciudad acorralada por las fuerzas de Napoleón Bonaparte, a quien el más destacado constituyente, Agustín de Argüelles describió como «el mayor y más audaz guerrero que se había conocido».
Pero la ciudad más antigua de España resistió indomable nada menos que 30 meses de un asedio dirigido por algunos de los mandos más competentes del emperador francés, como el mariscal Soult, duque de Dalmacia y uno de los artífices de la gran victoria francesa en Austerlitz, y el mariscal Victor. Pero nada pudieron hacer estos afamados estrategas y los ingentes recursos bélicos a su disposición frente al coraje y tenacidad de los gaditanos y el apoyo de las fuerzas expedicionarias inglesas.
El empuje invasor había llevado a la Junta Central a desplazarse de Sevilla hasta Cádiz
Arrancaba el año 1810 y tras el fiasco que había supuesto la capitulación en Bailén, que irritó sobremanera a Napoleón, el emperador apostó por poner toda la carne en el asador en el frente meridional. El empuje invasor había llevado a la Junta Central, que intentaba coordinar la resistencia, a desplazarse de Sevilla hasta Cádiz. La tacita de plata era el último bastión. Dado el gran despliegue artillero francés, nada hacía presagiar que las defensas de Cádiz fueran a aguantar mucho tiempo. Pocos contaban con la pasión patriótica que se apoderó de las gentes de la ciudad, cuya rebeldía exasperó a los sectores afrancesados, que afirmaban en sus publicaciones en Madrid que «la prepotencia de la ínfima plebe de Cádiz debe mirarse como el vicio capital y la fuente de todos los males de que adolece nuestra España».
El contagio del espíritu bélico
Pero eso que para algunos era vicio, para los sitiados era el fuego que animaba su lucha. A tanto llegó el celo defensor de los gaditanos que se mostraron reacias incluso a autorizar el desembarco de las tropas inglesas llegadas por mar a la ciudad. Según refieren todos los testimonios de la época, la mayor parte de los vecinos colaboró entusiastamente en su defensa. Las mujeres cocinaban y cosían para los combatientes, los hombres se presentaban voluntarios para la milicia y en todas las casas se cobijaba y atendía tanto a sanos como heridos. En toda Andalucía, adonde habían ido llegando terribles noticias del avance invasor y de las tropelías que la soldadesca francesa iba cometiendo, había arraigado un ánimo belicoso tal que los sacerdotes llamaban a la lucha desde los púlpitos y muchos de ellos incluso cambiaban temporalmente los hábitos por las armas.
El profesor Manuel Moreno Alonso da cuenta de un escrito del embajador francés en España, el conde La Forest, que refleja de modo elocuente lo irreductible del Ejército irregular formado por los españoles: «Cada campesino se convirtió en un soldado, cada soldado en un héroe. Habían sometido a los héroes de Austerlitz, un chico de quince años se consideraba equivalente a los granaderos franceses».
«Cada campesino se convirtió en un soldado, cada soldado en un héroe»
Pero el camino de la victoria no fue en absoluto un camino de rosas. Fueron muchas las tribulaciones de una ciudad encendida por la guerra, algo a lo que no fueron ajenos los diputados reunidos en las cortes, que tuvieron que conjugar su labor de moldear los principios políticos fundamentales de la nación con las de coordinación de la guerra. Tras la batalla de Chiclana, el 5 de marzo de 1811, las Cortes abordaron la precaria situación de los cientos de heridos hacinados en el Hospital de San Carlos: «Se mueren de hambre, no tienen asistencia, todo les falta; y no habiendo perecido en el campo de batalla en que sellaron con su sangre la libertad de la patria, ¿se han de morir en el hospital?ۜ», clamaba uno de los constituyentes.
Finalmente, desde el inicio del año 1812, simultáneamente al avance en el proceso de redacción constitucional, la esperanza se iba abriendo paso entre los defensores. El 5 de enero de 1812 los franceses se retiraban de la Tarifa. Ya en el verano, el 29 de julio llegaban a Cádiz las noticias de que ingleses y españoles habían conseguido recuperar Madrid. La euforia se desbordó por las calles y la multitud hizo sonar las campanas de la iglesia del Carmen. Ya en agosto, dos años y medio después de combates, los lugareños se sorprendían ante la imagen de multitud de pequeños incendios en los alrededores de la plaza. Las fuerzas imperiales iniciaban la retirada y prendían fuego al material que no podían evacuar consigo. El grito jubiloso de «Viva la Pepa» se adueñaba de la ciudad liberada.
Autor: Guillermo Olmo | Publicado en Especiales ABC con motivo del Bicentenario de la Constitución Española 1812 "La Pepa"
Post: Arcadio Suárez

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